Navidad: palabra mágica de mil facetas, de múltiples aristas, de encontradas realidades. Navidad, alegrías, realizaciones, encuentros felices, tantas cosas bellas. Navidad, carencias, soledad, abandono, desesperanza…
Navidad del niño bien, envía su carta plena de inocencia al niño Jesús, San Nicolás o Papá Noel, según el status social; la cual le será respondida en su totalidad: la muñeca, el carrito, o el último juguete que anuncian las jugueterías sofisticadas.
Navidad del joven adolescente que inquieto y rebelde, no pide, ¡demanda! Disfruta del amor, la juventud, la protección familiar; todo le será concedido… aún cuando no lo valora.
Navidad del adulto triunfador, que alcanzó sus logros, una carrera, un hogar, un status social, en fin: la alegría de vivir. Puede dar y recibir espléndidamente.
Navidad del anciano que aún con limitaciones, disfruta de algunos renglones: recibe cariño y calor de los suyos, a quiénes dio todo.
Navidad del niño abandonado: vive una triste realidad que no logra comprender; es “el niño pobre” ante el juguete caro, o “ el granuja soplando en los cristales de los escaparates de las confiterías” como dijo el poeta; no tiene hogar.
Navidad del adolescente desamparado, sus interrogantes no obtienen respuesta, no logra apoyo a sus demandas, sus sueños se desmoronan; elige un camino equivocado, que no le llena sus carencias y en el peor de los casos, lo lleva a su destrucción: las drogas o el bandalaje.
Navidad del adulto fracasado: no llegó a la cumbre, se quedó en el camino de sus incongruencias y hoy se encuentra en un desierto sin oasis.
Navidad del anciano que ya nada espera de la vida, perdió su brújula, no le respondieron a cuanto dio, o no dio lo que debía. Hoy nada espera, sus fuerzas se menguan y el desencanto y la soledad son sus acompañantes.
Queda mucho por analizar, pero no quiero hacerme fastidiosa, en este mundo moderno y atropellado, ¡que no sabe de reflexiones, sino de logros!
Por Josefina.




