miércoles, 15 de junio de 2011

Abilio, el pastor de nubes


Amanece. Las campanas rompen el alba. La mañana está fría, un manto de nubes cubre los cerros. En lontananza se escucha el mugir de las vacas y el canto de los gallos.
Abilio está allí en su camastro, ha despertado desde hace un rato. Está cansado. Su sueño fue intranquilo y fugaz. Se arrebuja en su lecho por unos instantes, sabe que esto no puede durar. Se levanta de la cama, cumple hábitos de aseo, toma un sorbo de agua y espera por el café que se está colando.
Prepara sus aperos y sale a encontrarse con sus quehaceres. Debe ir temprano al potrero a reunir el ganado que Doña Eligia le ha confiado. Después vendrá el ordeño y todo lo que esto implica.
El rebaño lo forman tres vacas blancas de buena raza, bien cuidadas, con ubres rebosantes de leche, y sus terneros.
Abilio camina por un sendero angosto y agreste que él conoce bien. Llega al potrero, reúne la manada y luego empieza a subir una cuesta prolongada que lo conducirá a la casa de ordeño.
Una vez allí acondiciona el lugar, prepara la faena y lava con esmero las ubres generosas.
Todo está listo ahora para iniciar el rito de exprimir con sabiduría cada uno de los pezones. Él sabe que del contacto de sus dedos depende en parte el prodigioso fluir de la leche tibia. Saltan chorros de espuma que invitan a saborear el alimento. Abilio no puede hacerlo ahora, será después o quizás nunca.
El acto mágico que realiza lo concentra pero al mismo tiempo lo invita a dialogar consigo mismo y con el animal. De repente cambia el diálogo y entona una tonada; la deja para entrar en un murmullo inquietante. ¿Qué dirá Abilio? ¿Qué melancolía lo atormenta? ¿Con qué sueña?
Concluido el ordeño entrega la leche a su patrona y ordena la casa. Luego empieza a desandar el camino, lleva el ganado al potrero y vuelve a casa.
Abilio va cabizbajo, parece angustiado y sigue con ese murmurar constante que lo atormenta. ¿Qué penas angustian a este pastor de nubes? ¿Qué lo hace cavilar?
Un día Abilio decidió desprenderse de sus querencias en el pueblo. No amaneció en su casa, no buscó el ganado. Su familia, Doña Eligia y los pobladores no lo vieron ese día y los siguientes.
Transcurrieron varios años, nunca se supo de él, pero un día apareció en el pueblo un hombre enteco, con faz endurecida y arrugada, pelo cano y un poco largo, a diferencia de la usanza de la época. Su mirada era incierta y el caminar vacilante. Se negó a hablar con los parroquianos y a responder a las preguntas que se le hacían; permanecía siempre sentado en un banco de la plaza.
A ciertas personas que se le acercaron les dijo que vivió en la ciudad en donde conoció la vida y el amor.
Decidió regresar porque sentía nostalgia de su familia y de los parajes que colmaron su infancia y adolescencia. Dijo también estar cansado y que anhelaba un sueño más allá. Yo lo divisé desde lejos, a su lado tenía una botella de ron.

Autora: Orfila Márquez

No hay comentarios:

Publicar un comentario